LA PRÁCTICA DE AUTOACEPTACIÓN...




Relájese, y tómese unos minutos para contemplar algún sentimiento o alguna emoción que le resulte difícil afrontar: inseguridad, dolor, envidia, ira, tristeza, miedo, etc. 

Cuando aísle ese sentimiento, por ejemplo el miedo, imagine alguna escena que suela evocarlo, algún suceso que le produce miedo. 

Entonces, dígase: “tengo miedo”, sumergiéndose en ese sentimiento, como si le abriera el cuerpo. 

Explore qué sucede en su cuerpo diciéndose varias veces: “Ahora me siento así y así (describiendo sus sensaciones del momento) y lo acepto plenamente”. 

Una vez detectadas las sensaciones corporales que le produce su miedo, concéntrese en una respiración suave y profunda, a la vez que se relaja más y más. 

Siga contemplando y sintiendo el miedo, permítale estar allí, en lugar de intentar desear que se extinga. Dígase: “Ahora estoy explorando el mundo del miedo”. Por último, puede incluso hablar con su miedo, invitándole a que le diga la peor cosa imaginable que pueda ocurrir, de modo que usted pueda afrontarla y también aceptarla (ésta es una estrategia que tiende a apartarlo de fantasías atormentadoras e introducirlo en la realidad, mucho más benévola). 

Pregúntele a su miedo cuándo y cómo comenzó, y de qué está intentando protegerle. Finalmente, imagine cómo se sentiría si no tuviera que combatir el miedo pensando, por ejemplo: “Reconozco mi miedo y lo acepto... y ahora veamos si puedo recordar cómo se siente mi cuerpo cuando no tengo miedo”. 

Observando emociones 

Ejercicio básico para identificar nuestros estados emocionales, tomar conciencia de ellos, y desapegarnos, desidentificándonos de ellos. 

De origen budista, su objetivo es fomentar en nosotros la actitud de testigos de nuestra vida emocional, sin comprometernos con ella. 

Primeramente dedicaremos unos minutos a tomar conciencia de las sensaciones corporales. 

Conseguida una cierta quietud, pasamos a observar las emociones que aparezcan en nuestra conciencia, cosa que seguramente sucederá, pues el estado de distensión afloja los controles conscientes que son lo que usamos para reprimir las emociones. 

Debilitadas las barreras mentales, las emociones reprimidas pueden entonces aflorar ante nosotros. 

Puede ser útil hacernos preguntas tales como: “¿Cómo me siento ahora mismo?”, u otras parecidas. 

Cuando aparezca una emoción, ésta debe ser aceptada como tal y observada con despego y desapasionamiento, exactamente como si estuviéramos observando un fenómeno corporal como nuestra respiración, por ejemplo. 

La emoción, al igual que el pensamiento, se desarrolla a través de un proceso de nacimiento, mantenimiento y muerte. Observemos este proceso sin identificarnos con él. 

Es recomendable, al aparecer una emoción, prestar atención a su manifestación física, es decir, a los síntomas corporales que la emoción provoca. De igual modo, podemos verbalizar las emociones, dándolas un nombre. Por ejemplo: “Ahora siento ansiedad, y la experimento en el plexo solar, de tal y tal manera...” 

Finalmente, fijaremos nuestra atención en la parte de nosotros mismos que contempla esas emociones desde fuera. Si somos capaces de hacer esto, es señal inequívoca de que no somos esa emoción, pues de lo contrario no podríamos verla ni identificarla. 

Digamos entonces: “Yo no soy mis emociones”.
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