LA CONCIENCIA ÍNDIGO FUTURO PRESENTE

ÍNDIGO: HIPERSENSIBILIDAD, INTUICIÓN Y RABIA
Fuente: María Dolores Paoli
Hay que recordar que nuestra misión como padres y docentes de estos niños es servir de puente entre esa particular sensibilidad e inteligencia para ayudarlos a canalizarla y ser útiles a la humanidad.
La hipersensibilidad de los niños Índigo se manifiesta física, emocional, psíquica y espiritualmente.
Sensibilidad física
Físicamente, sus sentidos están más activos, su vista abarca un mayor campo visual percibiendo tonalidades de colores que los adultos, vibrando en tercera dimensión, no captan. Por ello, son hipersensibles a la luz fluorescente por lo que puede presentarse una distorsión de percepción ocular lo cual acarrearía problemas de lectura y escritura. Pueden, desde muy pequeños, percibir fácilmente el aura de las plantas, animales y personas.
Utilizan su intuición visual percibiendo la energía, la frecuencia de luz, que emana de las personas u objetos. Por ejemplo, si se llama a un bebé mentalmente, intuitivamente, el bebé volteará a ver el origen de la emanación de la energía, captada inicialmente por una frecuencia de onda mental y buscará de dónde viene la luz que está percibiendo. Su alerta va más allá de sus sentidos físicos, utiliza los "suprasentidos" (extensión de los sentidos físicos que vibran en una rata más sutil pero que se apoyan en los sentidos físicos para desarrollar sus antenas interdimensionales).
Auditivamente perciben decibeles de mayor alcance por lo que son muy sensibles a ruidos estridentes, los cuales les aturden. Por otro lado, su sentido olfativo está muy asociado a la identificación. Con gran facilidad captan la vibración olfativa que emana el olor de la persona, sitios, objetos, al igual que detectan olores a distancia. Son muy sensibles a olores de químicos que los irritan y desequilibran, así como olor a tabaco, perfumes, pesticidas. En cuanto al gusto vemos que tienen preferencias e inclinaciones muy definidas desde temprana edad en la comida. Tienden más bien a ser vegetarianos espontáneamente desde pequeños, con mayor inclinación por las frutas. Desarrollan frecuentemente sensibilidad reactiva o tóxica por determinadas comidas, en especial aquellas que tienen aditivos, preservativos y colorantes. En cuanto al tacto, es el órgano a través del cual manifiestan mayor sensibilidad. Reaccionan a nivel cutáneo con urticarias y alergias a todo lo que no está hecho con materiales cien por ciento naturales, de ahí su incomodidad a las gomas de la ropa interior, las etiquetas y las mezclas de materiales sintéticos en contacto con la piel.
Los Índigo duermen menos, pudiendo descansar plenamente en cuatro horas mientras que a los adultos, de tercera dimensión, nos lleva ocho horas recuperarnos. Comen menos y tienen más energía pudiendo, como Índigo adultos, ser más productivos en menor tiempo, pues tienen la capacidad espontánea de comprimir el concepto de tiempo cronológico. Para ellos no hay tiempo lineal sino interdimensional.
Sensibilidad emocional
En cuanto a la parte emocional, su sensibilidad se manifiesta en la habilidad de leer las "agendas" de los demás pues, a través de sus "suprasentidos", perciben a nivel celular lo que está sucediendo. Por ello no aceptan el juego del poder, de la autoridad. Ellos captan que la autoridad es un mecanismo de control basado en el temor y ésta es una energía propia de tercera dimensión que no tiene cabida en la cuarta dimensión.
El temor es capitaneado por el Ego, el que nos hizo olvidar nuestro origen divino, el que tiene como pilar de sustentación, la separación, la duda y se manifiesta, entre muchas otras cosas, por mentira, control, manipulación, superioridad, inferioridad, impulsividad, violencia. Estos son mecanismos a través de los cuales los Índigo no funcionan, se rebelan, confrontan, pues no es una energía inherente a su frecuencia debido a que el temor es aprendido, es decir, no es intrínseco a nuestra esencia. Ellos vienen a crear una sociedad basada en el amor, la cooperación. En cambio, el temor separa, compite, descalifica, por ello no se alinean con la imposición o su contrapartida, la sumisión.
Se rebelan alegando el respeto a su individualidad, haciendo alarde de la realeza de su esencia. Para ellos, la honestidad y la apertura son la base del respeto, la autenticidad y la visibilidad es su mecanismo de vida, todos ellos, atributos propios de cuarta dimensión. De ahí que nos confrontan a los adultos al trabajo de las emociones, del autoconocimiento, del discernimiento de nuestro abordaje en relacionarnos, revisando si es desde el temor o desde el amor.
Sensibilidad psíquica y espiritual.
Psíquicamente, al estar más integrados con su esencia, manifiestan dones y capacidades que nosotros, desde nuestra limitación de tercera dimensión, consideramos poderes psíquicos pero, realmente, son la utilización de su cualidad divina expansiva. De ahí que vengan con inherentes capacidades de sanación, manejo de energías a distancia, conexión libre y directa con la supraconciencia, su Yo Superior, manifestándose en telepatía, clarividencia, clariaudiencia, intuición, sueños premotivos. Al estar su nivel de conciencia más expandido pueden anticipar con gran facilidad las vibraciones de las personas, objetos, situaciones, conociendo de antemano el posible escenario.
Se conectan espontáneamente con su intuición, la voz del alma a través del corazón, la puerta de entrada a lo interdimensional. De ahí su gran sensibilidad. Nosotros, los padres y educadores, debemos preservar, respetar, no bloquear o doblegar esa habilidad, pues, lamentablemente, se requiere sólo de un comentario o invalidación insensible de parte del adulto para desconectar al niño de su intuición. Ella es su bastón de protección, la que lo mantiene a salvo, fuera de peligro conectándolo con su Yo Superior. En el milenio pasado se opacaba la importancia que tenía la intuición porque todo lo que no era concretamente comprobable se desdeñaba. Con esa actitud afianzamos nuestro alejamiento de nuestra esencia, nos desconectamos de nuestro corazón sustituyendo nuestra valía por elementos de aprobación externa. De ahí que cambiamos la conexión del ser por el tener como forma de sentirnos seguros y aceptados.
La intuición no es irracional, no requiere que se le invalide o ignore a través de la razón, ni a través de la desconexión de nuestros sentidos. Los sentidos están para complementar y apoyar la intuición, para darle información, para incentivarnos a poner atención en lo que sucede a nuestro alrededor y relacionarlo. Enseñarles a los niños a que oigan su corazón con la actitud de que honren lo que sienten, es la mejor forma de afianzar la intuición en ellos. El alimentar su intuición le ofrece al niño un mundo amistoso, lleno de aventuras, divertido, porque sabrá retirarse de personas y situaciones que no le son beneficiosas, su corazón se lo dirá y él lo implementará en la medida que respetemos y validemos su intuición. La intuición es como un músculo que necesita ser ejercitado para ser receptivo y nosotros los adultos estamos en el rol de guiar a nuestros hijos a afianzar este sexto sentido.
Si los padres se inclinan a que los hijos se centren en el cumplimiento de metas, a evaluar la vida solo por el resultado, no tolerando equivocaciones, los niños vivirán solo para lograr el éxito, independientemente de cómo logren fomentarlo para obtener la aprobación de sus padres. Estas condiciones activan el temor en los niños, haciéndoseles difícil alinearse con la intuición ya que el temor opaca la intuición y por ello hemos crecido oyendo más a nuestros temores que a nuestros corazones. Cada día, los niños cargan las expectativas y ambiciones de los padres sobre sus hombros por lo que el temor es su fuerza conductora. Por ello, la mejor forma de asegurar que los niños crezcan seguros es que se sientan motivados por un sentido de guía interna, en vez de por el temor.
Los niños Índigo ya vienen con su intuición activada porque utilizan un mayor porcentaje del cerebro y una mayor relación entre el lóbulo izquierdo y derecho. Sin embargo, si no nos hacemos solidarios con sus capacidades las podemos bloquear y activar mucha frustración y rabia en ellos. Para ayudar a los niños a que nutran su intuición, lo más importante que deben de hacer los adultos es cultivar la presencia en la acción y escucharlos con atención.
Índigo y rabia
La rabia es una emoción que es considerada normal al sentirla. Todos los seres humanos, tanto grandes como pequeños, han vivido esta emoción,. Sin embargo, es normal porque la mayoría de la gente la ha experimentado, más no es natural porque no es intrínseca a la esencia del ser humano, ya que no nacemos con ella sino que la vamos aprendiendo en el camino de la vida por modelaje, por lo que la conducta se imita después que se la ha visto ejecutar en el entorno.
A medida que los niños Índigo van creciendo vamos observando, con cierta frecuencia, que tienden a ponerse rabiosos. Para entender esta manifestación posible se requiere entender el proceso de la rabia. La rabia es una emoción que se nutre de necesidades insatisfechas cuyos pilares están fundamentados en la injusticia, impotencia, en pensamiento de exigencia y de culpa.
Las manifestaciones de rabia física, ventilada, se notan en gesticulaciones de contracción en el cuerpo como puños cerrados, en tensión muscular de la cara reflejada en ceño fruncido, muecas con la boca, chasquidos de dientes, contracción de la mandíbula, ojos desorbitados, tensión en las cuerdas vocales, expresándose en el subir del tono de la voz, el grito, atropello o abuso verbal y un mayor riego sanguíneo que aumenta la temperatura. Estas pueden haberse visto inicialmente en el círculo familiar primario como son los padres, hermanos; en el secundario como son los abuelos, tíos, demás familiares y/o en el terciario que es el medio ambiente, el colegio, la televisión y otros medios de comunicación. La influencia se minimiza a medida que el círculo se aleja del entorno inmediato del niño.
Si reaccionamos visceralmente a los estímulos, sin modelar calma, los niños aprenden que esa conducta es la adecuada y la copian accionándola cuando se sienten frustrados y las cosas no les salen como ellos desean y esperan. Nuestra reacción les ha dado un patrón, una forma de percibir los hechos. Con ella les hemos proporcionado una evaluación del estímulo bien sea con nuestras palabras o con nuestros gestos, que luego van a imitar. La rabia es una alerta de que no estamos manejando un aspecto emocional en nuestras vidas. Por ello, si actuamos con calma ante una situación de frustración les estaremos dando el mejor regalo de modelaje, la mejor herramienta para manejar las tensiones en el futuro. Los niños aprenden más por lo que viven que por lo que oyen. Por lo tanto, esta emoción se da cuando no se puede manejar el contraste de las emociones fuertes entre lo que se desea y lo que se logra.
En el Índigo, el contraste forma parte de su cotidianidad. Vive emociones fuertes entre lo que su inteligencia espiritual le proporciona y lo que capta de su entorno material. Le cuesta manejarlo pues por su misma condición de expansión, captan multidimensionalmente energías de otros planos más sutiles que lo confrontan con la densidad de la realidad de tercera dimensión, sintiendo un embate energético. Este aspecto se da mayoritariamente en el ser Índigo que tiene mucho tiempo sin reencarnar y que viene a asistirnos a la humanidad en el paso de transición hacia otra dimensión.
A ellos les cuesta manejar la densidad del cuerpo, lo sienten como un freno a su sutileza, sus pensamientos son más veloces que su articulación y sienten impotencia con las herramientas de comunicación como leer, escribir, repetir, pues son métodos muy lentos para su propia velocidad de vibración. También les cuesta poner en práctica la paciencia, pues en sus mundos sutiles la manifestación del deseo o de la intención es inmediata, el tiempo entre estímulo y respuesta no se hace esperar. En cambio, en tercera dimensión el impulso se demora para que pase por todas las matrices de creación y se logre concretizar. Sus pensamientos de exigencia que activan la rabia son más altruistas porque desean que evolucionemos, nos quitemos la venda de la ignorancia de quiénes somos para percatarnos de nuestra esencia y actuar de acuerdo a ella. Para ello, requerimos hacer el esfuerzo de desembarazarnos de las emociones que nos anclan, como el temor. Por lo tanto, nos confrontan con él en la cotidianidad, no haciendo caso a las amenazas, coerciones, castigos que les tratamos de imponer fruto de la necesidad de control, producto de la misma emoción.
La impotencia que sienten es por encontrar aun muchos topes que limar en el medio ambiente, muchas condiciones impuestas en los hogares y colegios, que lo pretenden atar a exigencias que para ellos ya son obsoletas, absurdas, como tener que aprender de memoria las lecciones, perder tiempo en la repetición de detalles cuando su visión es más del todo, holística. Su sentido de urgencia alimenta su impotencia. Por ello, observo con frecuencia que en su vocabulario la palabra injusticia es recurrente. La expresión del "no es justo" se cuela en sus pensamientos pues choca con su profunda necesidad de ser respetado desde pequeño, de vivir un sistema horizontal no vertical, de participación no de autoridad y de llevar a cabo el cambio que ya está presente en él.
¿Cómo ayudarles?
Cuando validamos estas necesidades observamos que los niños fluyen más en función de su misión de vida, hay menos confrontaciones con los adultos pues los sienten sus aliados, asistentes, para llevar a cabo su propósito de vida. Por ello, es recomendable que el adulto articule la presencia de la emoción de la rabia en ellos, por ejemplo, "parece que estás muy bravo", en vez de coartar la emoción y reprimirla como "¿cómo se te ocurre ponerte bravo?". Luego, permitirle al niño descargar la tensión del músculo, corriendo, saltando cuerda, jugando pelota, de forma que el músculo libere la tensión a través del movimiento y pueda relajarse.
Sin embargo, cuando hacemos caso omiso de estas condiciones vamos cerrando su conexión con su inteligencia espiritual debido a nuestra repetición, a la imposición de nuestros criterios, y al hacerlo los densificamos, los contaminamos y observamos, entonces, inteligencias puestas al servicio de la incoherencia, niños rabiosos, frustrados, que se tornan violentos. Hay que recordar que nuestra misión como padres y docentes de estos niños es servir de puente entre esa particular sensibilidad e inteligencia para ayudarlos a canalizarla y ser útiles a la humanidad y reconocer que en su experiencia dentro de la tridimensionalidad absorben los modismos que nosotros hemos modulado, aunque su intención sea más sutil. Asistiéndolos, nos ayudamos a nosotros.
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